LIBRETO - SANTA MISA CON RITO DE ORDENACION DIACONAL 05/07/2026

 SANTA MISA SOLEMNE

Con Rito de Ordenación Diaconal


Del Sem. Jose Enrique Espinosa Pedraza

PRESIDE:
EMMO. SR. MONS. ADRIAN CARD. ALDANA
ARZOBISPO METROPOLITANO

INSIGNE NACIONAL BASILICA  DE GUADALUPE
Arquidiocesis de Nuestra Señora de Guadalupe

Domingo 05 de Julio de 2026



RITOS INICIALES

CANTO DE ENTRADA

El Celebrante.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

℟. Amén

La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunion del Espiritu Santo esten con todos ustesdes.

℟. Y con tu espíritu.

ACTO PENITENCIAL

Celebrante:

Al comenzar esta celebración eucarística, pidamos a Dios que nos conceda la conversión de nuestros corazones; así obtendremos la reconciliación y se acrecentará nuestra comunión con Dios y con nuestros hermanos.

Pausa de silencio.

Todos dicen en común la fórmula de la confesión general:

Yo confieso ante Dios todopoderoso y ante ustedes, hermanos, que he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión. Por mi culpa, por mi culpa, por mí gran culpa. Por eso ruego a santa María, siempre Virgen, a los ángeles, a los santos y a ustedes, hermanos, que intercedan por mí ante Dios, nuestro Señor.

El Celebrante:

Dios todopoderoso tenga misericordia de nosotros, perdone nuestros pecados y nos lleve a la vida eterna.

℟. Amén.

 

SEÑOR TEN PIEDAD

Señor, ten piedad  SEÑOR, TEN PIEDAD

Cristo, ten piedad  CRISTO, TEN PIEDAD

Señor, ten piedad  SEÑOR, TEN PIEDAD

GLORIA


ORACIÓN COLECTA

Oremos

Dios nuestro, que enseñaste a los ministros de tu Iglesia a no buscar ser servidos, sino a servir a sus hermanos, concede a este hijo tuyo, que hoy eliges para el ministerio diaconal, disponibilidad en la entrega, mansedumbre en el servicio y perseverancia en la oración. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios, por los siglos de los siglos.

Amén.

 

LITURGIA DE LA PALABRA

 

PRIMERA LECTURA

Lectura del libro del Deuteronomio (7, 6-11)
El Señor te ha elegido por el amor que te tiene

En aquel tiempo hablo Moises al pueblo y le dijo: "Eres un pueblo consagrado al Señor tu Dios; a ti te elegido para que seas el pueblo de su propiedad entre todos los pueblos que hay sobre la faz de la tierra. El Señor se ha ccomprometido contigo y te ha elegido no por ser tu el mas numeroso de todos los pueblos ya que al contrario eres el menos numeroso, mas bien te a elegido por el amor que te tiene y para cumplir el juramento hecho a tus padres. Por eso, el Señor, con mano firme, te saco de la esclavitud y del poder del faraón, de Egipto.
Reconoce, pues, que el Señor , tu Dios, es el verdadero y fiel. El guarda su alianza y su misericordia hasta mil generaciones para los que lo aman y cumplen sus mandamientos; pero castiga a quienes lo odian, los hacce parecer sin demora.
Guarda, pues los mandamientos, preceptos y leyes que yo te mando hoy poner en practica.

Palabra de Dios.

℟. Te alabamos Señor.

 

SALMO RESPONSORIAL (Sal 125)

℟. Cantaré eternamente las misericordias del Señor, anunciaré su fidelidad por todas las edades.

 

Sellé una alianza con mi elegido jurando a David mi servidor, le fundaré un linaje que no terminará, tu trono mantendré eternamente. Encontré a David mi siervo y con óleo sagrado lo ungí, para que mi mano siempre permanezca con él y mi brazo lo haga valeroso. ℟.

Mi fidelidad y mi favor por siempre lo acompañarán y con mi nombre y mi gracia su poder crecerá, mantendré mi alianza eternamente. Él me invocará tu eres mi padre mi Dios mi roca salvadora y lo haré primogénito con todo el honor excelso entre los reyes de la tierra. ℟.

 

 

SEGUNDA LECTURA

Lectura de la primera carta del apóstol San Juan (4, 7-16)
Dios nos amo.
Queridos hijos: Amémonos los unos a los otros, porque el amor viene de Dios; y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. El que no ama, no conoce a Dios, porque Dios es amor. El amor que Dios nos tiene se ha manifestado en que envió al mundo a su Hijo unigénito, para que vivamos por él. El amor consiste en esto: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó primero y nos envió a su Hijo, como víctima de expiación por nuestros pecados. Si Dios nos ha amado tanto, también nosotros debemos amarnos los unos a los otros. A Dios nadie lo ha visto nunca; pero si nos amamos los unos a los otros, Dios permanece en nosotros y su amor en nosotros es perfecto. En esto conocemos que permanecemos en él, y el en nosotros: en que nos ha dado su Espíritu. Nosotros hemos visto, y de ello damos testimonio, que el Padre envió a su Hijo como Salvador del mundo. Quien confiesa que Jesús es el Hijo de Dios, permanece en Dios y Dios en él. Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en ese amor. Dios es amor y quien permanece en el amor, permanece en Dios y Dios en él.

Palabra de Dios.

℟.Te alabamos Señor.

ACLAMACIÓN ANTES DEL EVANGELIO

Aleluya, aleluya, aleluya.

Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos.
Yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo.

℟. Aleluya, aleluya, aleluya.

 

 

EVANGELIO

El Señor estcon ustedes.
Y con tu espíritu.


Lectura del santo Evangelio según san Mateo (11, 25-30)
Gloria a ti, Señor.

En aquel tiempo, Jesús exclamó: «¡Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a la gente sencilla! Gracias, Padre, porque así te ha parecido bien. El Padre ha puesto todas las cosas en mis manos. Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. 
Vengan a mí, todos los que están fatigados y agobiados por la carga, y yo los aliviaré. Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán descanso, porque mi yugo es suave y mi carga ligera»

Palabra del Señor

℟.Gloria a ti, Señor Jesus.

 

Después de la lectura del Evangelio, el diácono deposita nuevamente y con toda reverencia coloca el libro de los Evangelios sobre el altar, donde permanece hasta el momento de entregarlo a los ordenados.

 

LITURGIA DE LA ORDENACIÓN

Comienza después la Ordenación de presbíteros.

El Cardenal se acerca, si es necesario, a la sede preparada para la Ordenación, y se hace la presentación de los candidatos.

Elección de los candidatos.

Los ordenandos son llamados por el diácono de la forma siguiente:

Acérquese el que va a ser ordenado diácono.

E inmediatamente los nombra individualmente;

*Jose Enrique Espinosa Pedraza

cada uno de los llamados dice:

Presente.

Y se acerca al Cardenal, a quien hace una reverencia.

Todos los llamados permanecen de pie ante el Obispo, y un presbítero designado por el Obispo dice:

Reverendísimo Padre, la santa Madre Iglesia pide que ordenes diáconos a estos hermanos nuestros.

El Cardenal le pregunta:

¿Sabes si son dignos

Y él responde:

Según el parecer de quienes los presentan, después de consultar al pueblo cristiano, doy testimonio de que han sido considerados dignos.

El Cardenal:

Con el auxilio de Dios y de Jesucristo, nuestro Salvador, elegimos a estos hermanos nuestros para el Orden de los diáconos.

Todos dicen:

Te damos gracias, Señor.

O dan su asentimiento a la elección de cualquier otra forma, según lo establecido en el n. 11 de la Introducción General.

 

HOMILIA

Momento de silencio para la reflexión personal.

 

 

PROMESA DE LOS ELEGIDOS

Después de la homilía, solamente se levantan los elegidos y se ponen de pie delante del Cardenal, quien los interroga, conjuntamente, con estas palabras:

Queridos hijos: Antes de entrar en el Orden de los diáconos deben manifestar ante el pueblo su voluntad de recibir este ministerio.

¿Quieren consagrarse al servicio de la Iglesia por la imposición de mis manos y la gracia del Espíritu Santo?

Los elegidos, todos a la vez, responden:

Sí, quiero.

El Cardenal:

¿Quieren desempeñar, con humildad y amor, el ministerio de diáconos como colaboradores del Orden sacerdotal y en bien del pueblo cristiano?

Los elegidos:

Sí, quiero.

El Cradenal:

¿Quieren vivir el misterio de la fe con alma limpia, como dice el Apóstol, y proclamar esta fe de palabra y obra, según el Evangelio y la tradición de la Iglesia?

Los elegidos:

Sí, quiero.

El Cardenal:

Ustedes, los que están dispuestos a vivir el celibato: ¿Quieren ante Dios y ante la Iglesia, como signo de su consagración a Cristo, observar durante toda la vida el celibato por causa del Reino de los cielos y para servicio de Dios y de los hombres?

Los elegidos:

Sí, quiero.

El Cardenal:

¿Quieren imitar siempre en su vida el ejemplo de Cristo, cuyo Cuerpo y Sangre servirán con sus propias manos?

Los elegidos:

Sí, quiero, con la gracia de Dios.

En seguida, cada uno de los elegidos se acerca al Obispo y, de rodillas ante él, pone sus manos juntas entre las manos del Obispo, a no ser que, según la Introducción General, n. 11, se hubiere establecido otra cosa.

El Cardenal interroga al elegido, diciendo, si es su Ordinario:

¿Prometes obediencia y respeto a mí y a mis sucesores?

El elegido:

Sí, prometo.

Pero si el Cardenal no es su Ordinario, dice:

¿Prometes obediencia y respeto a tu Obispo?

El elegido:

Sí, prometo.

El Cardenal concluye siempre:

Que Dios mismo lleve a término esta obra buena que en ti ha comenzado.

 

ORACIÓN LITÁNICA

A continuación, todos se levantan.

El Santo Padre, dejando la mitra, de pie, con las manos juntas y de cara al pueblo, hace la invitación:

Oremos, hermanos, a Dios Padre todopoderoso, para que derrame bondadosamente la gracia de su bendición sobre estos siervos suyos que ha llamado al Orden de los diáconos.

 

Entonces, los elegidos se postran en tierra y se cantan las letanías; todos responden. En los domingos y durante el Tiempo pascual, se hace estando todos de pie, y en los demás días, de rodillas, en cuyo caso el diácono dice:

 Nos ponemos de rodillas.

Concluido el canto de las letanías, el Cardenal, de pie, y con las manos extendidas, dice:

Señor, Dios, escucha nuestras súplicas y confirma con tu gracia este ministerio que realizamos: santifica con tu bendición a estos siervos tuyos que juzgamos aptos para el servicio de los santos misterios. Por Jesucristo, nuestro Señor.

℟. Amén.

El diácono, si el caso lo requiere, dice:

Nos ponemos de pie.

Y todos se ponen de pie.

 

 

IMPOSICIÓN DE LAS MANOS Y
PLEGARIA DE ORDENACIÓN

Los elegidos se levantan; se acerca cada uno al Cardenal, que está de pie delante de la sede y con mitra, y se ponen de rodillas ante él.

El Cardenal impone en silencio las manos sobre la cabeza de cada uno de los elegidos.

Estando todos los elegidos arrodillados ante el Cardenal, éste, sin mitra, con las manos extendidas, dice la Plegaria de Ordenación:

Asístenos, Dios todopoderoso, de quien procede toda gracia, que estableces los ministerios regulando sus órdenes; inmutable en ti mismo, todo lo renuevas; por Jesucristo, Hijo tuyo y Señor nuestro – palabra, sabiduría y fuerza tuya-, con providencia eterna todo lo proyectas y concedes en cada momento cuanto conviene.

A tu Iglesia, cuerpo de Cristo, enriquecida con dones celestes variados, articulada con miembros distintos y unificada con admirable estructura por la acción del Espíritu Santo, la haces crecer y dilatarse como templo nuevo y grandioso.

Como un día elegiste a los levitas para servir en el primitivo tabernáculo, así ahora has establecido tres órdenes de ministros encargados de tu servicio.

Así también, en los comienzos de la Iglesia, los apóstoles de tu Hijo, movidos por el Espíritu Santo, eligieron, como auxiliares suyos en el ministerio cotidiano, a siete varones acreditados ante el pueblo, a quienes, orando e imponiéndoles las manos, les confiaron el cuidado de los pobres, a fin de poder ellos entregarse con mayor empeño a la oración y a la predicación de la palabra.

Te suplicamos, Señor, que atiendas propicio a estos tus siervos, a quienes consagramos humildemente para el orden del diaconado y el servicio de tu altar

ENVÍA SOBRE ELLOS, SEÑOR, EL ESPÍRITU SANTO, PARA QUE, FORTALECIDOS CON TU GRACIA DE LOS SIETE DONES,DESEMPEÑEN CON FIDELIDAD EL MINISTERIO.

Que resplandezca en ellos un estilo de vida evangélica, un amor sincero, solicitud por pobres y enfermos, una autoridad discreta, una pureza sin tacha y una observancia de sus obligaciones espirituales.

Que tus mandamientos, Señor, se vean reflejados en sus costumbres, y que el ejemplo de su vida suscite la imitación del pueblo santo; que, manifestando el testimonio de su buena conciencia, perseveren firmes y constantes con Cristo, de forma que, imitando en la tierra a tu Hijo, que no vino a ser servido sino a servir, merezcan reinar con él en el cielo.

Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Diospor los siglos de los siglos.

Todos:

℟. Amén.

ENTREGA DEL LIBRO DE LOS EVANGELIOS

Concluida la Plegaria de Ordenación, se sientan todos. El Cardenal recibe la mitra. Los ordenados se levantan, y unos diáconos u otros ministros ponen a cada uno la estola al estilo diaconal y le visten la dalmática.

Mientras tanto, puede cantarse la antífona siguiente con el Salmo 83 (84), u otro canto apropiado de idénticas característica s que concuerde con la antífona, sobre todo cuando el Salmo 83 (84) se hubiere utilizado como salmo responsorial en la liturgia de la Palabra.

Salmo 83 (84)
Anhelando los atrios del Señor,
mi alma se ha consumido;
todo mi ser de gozo se estremece
por causa del Dios vivo.

Los ordenados, ya con sus vestiduras diaconales, se acercan al Cardenal y, uno por uno, se van arrodillando ante él. El Cardenal entrega a cada uno el libro de los Evangelios, diciendo: 

Recibe el Evangelio de Cristo, del cual has sido constituido mensajero; esmérate en creer lo que lees, enseñar lo que crees Y vivir lo que enseñas. 

Finalmente, el Cardenal da a cada uno de los ordenados el beso de paz, diciendo:
La paz sea contigo.

El ordenado responde:

Y con tu espíritu.

Y lo mismo hacen todos o al menos algunos de los diáconos presentes.

Prosigue la Misa como de costumbre. Si lo indican las rúbricas, se dice el Símbolo de la fe. Se omite la oración universal

 

OFERTORIO

Inciensa las ofrendas, la cruz y el altar. Después el diácono, u otro ministro, inciensa al Cardenal, a los con-celebrantes y al pueblo.

El Cardenal:

En el momento de ofrecer el sacrificio de toda la Iglesia, oremos a Dios, Padre todopoderoso.

 

Todos:

El Señor reciba de tus manos este sacrificio, para alabanza y gloria de su nombre, para nuestro bien y el de toda su santa Iglesia.

 

ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS

Padre santo, tu Hijo quiso lavar los pies a sus discípulos para darnos ejemplo; recibe los dones que te presentamos en esta liturgia y, al ofrecernos como víctima espiritual, concédenos crecer en humildad y abnegación. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Amén.

 

PREFACIO

PREFACIO I DE LAS ORDENACIONES

℣. El Señor esté con ustedes.
℟. Y con tu espíritu.


℣. Levantemos el corazón.
℟. Lo tenemos levantado hacia el Señor.


℣. Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
℟. Es justo y necesario.

 

En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno.

Que constituiste a tu Unigénito pontífice de la alianza nueva y eterna por la unción del Espíritu Santo, y determinaste, en tu designio salvífico, perpetuar en la Iglesia su único sacerdocio.

Él no solo confiere el honor del sacerdocio real a todo su pueblo santo, sino también, con amor de hermano, elige a hombres de este pueblo, para que, por la imposición de las manos, participen de su sagrada misión.

Ellos renuevan en nombre de Cristo el sacrificio de la redención, preparan a tus hijos el banquete pascual, preceden a tu pueblo santo en el amor, lo alimentan con tu palabra y lo fortalecen con los sacramentos.

Tus sacerdotes, Señor, al entregar su vida por ti y por la salvación de los hermanos, van configurándose a Cristo, y han de darte testimonio constante de fidelidad y amor.

Por eso, Señor, nosotros, llenos de alegría, te aclamamos con los ángeles y con todos los santos, diciendo:

Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios del universo. Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria. Hosanna. en el cielo. Bendito el que viene en nombre del Señor. Hosanna en el cielo.

PLEGARIA EUCARISTICA III
El Señor Obispo:
Santo eres en verdad, Padre,
y con razón te alaban todas tus criaturas,
ya que por Jesucristo, tu Hijo, Señor nuestro,
con la fuerza del Espíritu Santo,
das vida y santificas todo,
y congregas a tu pueblo sin cesar,
para que ofrezca en tu honor un sacrificio sin mancha
desde donde sale el sol hasta el ocaso.

El cardenal y los concelebrantes:

Por eso, Padre, te suplicamos
que santifiques por el mismo Espíritu
estos dones que hemos separado para ti,
de manera que se conviertan en el Cuerpo y
 la Sangre de Jesucristo,
Hijo tuyo y Señor nuestro, que nos mandó
celebrar estos misterios.

Porque él mismo, la noche en que iba a ser
entregado, tomó pan, y dando gracias te bendijo,
lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo:
TOMEN Y COMAN TODOS DE ÉL,
PORQUE ESTO ES MI CUERPO, QUE
SERÁ ENTREGADO POR USTEDES.

El Señor Obispo presenta la hostia consagrada al pueblo y hace
una genuflexión en adoración.

Del mismo modo, acabada la cena, tomó el cáliz,
dando gracias te bendijo, y lo pasó a sus
discípulos, diciendo:
TOMEN Y BEBAN TODOS DE ÉL, PORQUE
ÉSTE ES EL CÁLIZ DE MI SANGRE, SANGRE
DE LA ALIANZA NUEVA Y ETERNA, QUE
SERÁ DERRAMADA POR USTEDES Y POR
MUCHOS PARA EL PERDÓN DE LOS
PECADOS.HAGAN ESTO EN
CONMEMORACIÓN MÍA.

El Señor Obispo presenta el cáliz al pueblo y hace
una genuflexión en adoración.

El Señor Cardenal
Éste es el Misterio de la fe.
R Anunciamos tu muerte,proclamamos tu resurrección.
¡Ven, Señor Jesús!

El Cardenal y los concelebrantes:
Así, pues, Padre, al celebrar ahora el memorial de la pasión salvadora de tu Hijo de su admirable resurrección, y ascensión al cielo, mientras esperamos su venida gloriosa, te ofrecemos, en esta acción de gracias, el sacrificio vivo y santo. Dirige tu mirada sobre la ofrenda de tu Iglesia, y reconoce en ella la Víctima por cuya inmolación quisiste devolvernos tu amistad, para que, fortalecidos con el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo y llenos de su Espíritu Santo, formemos en Cristo un solo cuerpo y un solo espíritu.

Concelebrante 1:
Que él nos transforme en ofrenda permanente, para que gocemos de tu heredad junto con tus elegidos: con María, la Virgen Madre de Dios, su esposo san José, los apóstoles y los mártires, y todos
los santos, por cuya intercesión confiamos obtener
siempre tu ayuda.

Concelebrante 2:
Tepedimos, Padre, que esta Víctima de reconciliación traiga la paz y la salvación al mundo entero. Confirma en la fe y en la caridad a tu Iglesia, peregrina en la tierra: a tu servidor, el Papa N., a nuestro Arzobispo N., al orden episcopal, a los presbiteros y a estos hijos tuyos que han sido ordenados ministros de la iglesia y a los demas diaconos a todo el pueblo redimido por ti. 
Atiende los deseos y suplicas de esta familia que has congregado en tu presencia.
Reune en torno a ti Padre Misericordioso a todos tus hijos dispersos por el mundo. A nuestros hermanos difuntos y a cuantos murieron en tu amistad recibelos en tu reino, donde esperamos gozar todos juntos de la plenitud eterna de tu gloira, por Cristo Señor nuestro por quien concedes al mundo todos los bienes.

El Señor Obispo y los concelebrantes:
Por Cristo, con el y en el, a ti,
Dios Padre omnipotente, en la
unidad del Espíritu Santo, todo
honor y toda gloria por los
siglos de los siglos.
R. Amen.

RITO DE COMUNIÓN

Una vez depositados el cáliz y la patena sobre el altar, el Cardenal, con las manos juntas, dice:
Fieles a la recomendación y siguiendo sus divinas enseñanzas nos atrevemos a decir:
Extiende las manos y, junto con el pueblo, continúa:
Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal.

Solo el Cardenal, con las manos extendidas, prosigue diciendo:
Líbranos de todos los males, Señor, y concédenos la paz en nuestros días, para que, ayudados por tu misericordia, vivamos siempre libres de pecado y protegidos de toda perturbación, mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo.
℟. Tuyo es el reino, tuyo el poder y la gloria, por siempre, Señor.  

Solo el Cardenal, con las manos extendidas, prosigue diciendo:
Señor Jesucristo, que dijiste a tus apóstoles: "La paz os dejo, mi paz os doy", no tengas en cuenta nuestros pecados, sino la fe de tu Iglesia y, conforme a tu palabra, concédele la paz y la unidad. 

Junta las manos. 
Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos.
℟. Amén. 

El Cardenal, vuelto hacia el pueblo, extendiendo y juntando las manos, añade: 
La paz del Señor esté siempre con ustedes.
℟. Y con tu espíritu. 

Luego, el diácono añade: 
Dense fraternalmente la paz.
CORDERO DE DIOS


Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros.

Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros.

Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, danos la paz.


El Santo Padre hace genuflexión, toma el pan consagrado y, sosteniéndolo un poco elevado sobre la patena o sobre el cáliz, de cara al pueblo, dice con voz clara:
Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Dichosos los invitados a la cena del Señor.
℟. Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme.


CANTO DE COMUNIÓN



ORACION DESPUES DE LA COMUNION
El celebrante:
Concede, Señor, a tus siervos, nutridos con el alimento y la bebida del cielo, que, para gloria
tuya u salvación de los creyentes, sean siempre fieles ministros del Evangelio, de los
sacramentos y de la caridad. Por Jesucristo, nuestro Señor.
℟. Amén. 



RITO DE CONCLUSION

BENDICIÓN FINAL
El Cardenal, con las manos extendidas sobre los diáconos recién ordenados y el pueblo, dice:

Que Dios, que los ha llamado
al servicio de los hombres en su Iglesia,
les conceda un gran celo apostólico hacia todos,
especialmente hacia los pobres y afligidos.
R.Amen.

Que él, que les ha confiado
la misión de predicar el Evangelio
y de servir al altar y a los hombres,
los haga en el mundo
ardientes testigos suyos
y ministros de la caridad.
R.Amen.

Que él, que los hizo dispensadores
de sus sacramentos,
les conceda ser imitadores de su Hijo Jesucristo,
para ser en el mundo ministros de la unidad y de la
paz.
R.Amen.

Y bendice a todo el pueblo, añadiendo:
Y a todos ustedes, los aquí presentes,
los bendiga Dios todopoderoso,
Padre, Hijo , y Espíritu ¥ Santo.
R.Amen.

El diácono:
Glorifiquen al Señor con su vida. Pueden ir en paz.
R. Demos gracias a Dios.
Artículo Anterior Artículo Siguiente