SANTA MISA SOLEMNE
✠ EMMO. SR. MONS. ADRIAN CARD. ALDANA
ARZOBISPO METROPOLITANO
INSIGNE NACIONAL BASILICA DE GUADALUPE
Arquidiocesis de Nuestra Señora de Guadalupe
Miercoles 03 de Septiembre de 2026
RITOS INICIALES
CANTO DE ENTRADA
El Celebrante.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
℟. Amén
℟. Y con tu espíritu.
ACTO PENITENCIAL
Celebrante:
Al comenzar esta celebración eucarística, pidamos a Dios que nos conceda la conversión de nuestros corazones; así obtendremos la reconciliación y se acrecentará nuestra comunión con Dios y con nuestros hermanos.
Pausa de silencio.
Todos dicen en común la fórmula de la confesión general:
El Celebrante:
Dios todopoderoso tenga misericordia de nosotros, perdone nuestros pecados y nos lleve a la vida eterna.
℟. Amén.
Señor, ten piedad SEÑOR, TEN PIEDAD
GLORIA
ORACIÓN COLECTA
Oremos
Dios nuestro, que enseñaste a los ministros de tu Iglesia a no buscar ser servidos, sino a servir a sus hermanos, concede a este hijo tuyo, que hoy eliges para el ministerio diaconal, disponibilidad en la entrega, mansedumbre en el servicio y perseverancia en la oración. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios, por los siglos de los siglos.
℟ Amén.
LITURGIA DE LA PALABRA
PRIMERA LECTURA
Palabra de Dios.
℟. Te alabamos Señor.
SALMO RESPONSORIAL (Sal 125)
℟. Cantaré eternamente las misericordias del Señor, anunciaré su fidelidad por todas las edades.
Sellé una alianza con mi elegido jurando a David mi servidor, le fundaré un linaje que no terminará, tu trono mantendré eternamente. Encontré a David mi siervo y con óleo sagrado lo ungí, para que mi mano siempre permanezca con él y mi brazo lo haga valeroso. ℟.
Mi fidelidad y mi favor por siempre lo acompañarán y con mi nombre y mi gracia su poder crecerá, mantendré mi alianza eternamente. Él me invocará tu eres mi padre mi Dios mi roca salvadora y lo haré primogénito con todo el honor excelso entre los reyes de la tierra. ℟.
SEGUNDA LECTURA
Palabra de Dios.
℟.Te alabamos Señor.
ACLAMACIÓN ANTES DEL EVANGELIO
Aleluya, aleluya, aleluya.
℟. Aleluya, aleluya, aleluya.
EVANGELIO
Palabra del Señor
℟.Gloria a ti, Señor Jesus.
Después de la lectura del Evangelio, el diácono deposita nuevamente y con toda reverencia coloca el libro de los Evangelios sobre el altar, donde permanece hasta el momento de entregarlo a los ordenados.
LITURGIA DE LA ORDENACIÓN
Comienza después la Ordenación de presbíteros.
El Cardenal se acerca, si es necesario, a la sede preparada para la Ordenación, y se hace la presentación de los candidatos.
Elección de los candidatos.
Los ordenandos son llamados por el diácono de la forma siguiente:
E inmediatamente los nombra individualmente;
Mathias D' Alessandro Garcia
cada uno de los llamados dice:
Presente.
Y se acerca al Cardenal, a quien hace una reverencia.
Todos los llamados permanecen de pie ante el Obispo, y un presbítero designado por el Obispo dice:
Reverendísimo Padre, la santa Madre Iglesia pide que ordenes diáconos a estos hermanos nuestros.
El Cardenal le pregunta:
¿Sabes si son dignos
Y él responde:
Según el parecer de quienes los presentan, después de consultar al pueblo cristiano, doy testimonio de que han sido considerados dignos.
El Cardenal:
Con el auxilio de Dios y de Jesucristo, nuestro Salvador, elegimos a estos hermanos nuestros para el Orden de los diáconos.
Todos dicen:
Te damos gracias, Señor.
O dan su asentimiento a la elección de cualquier otra forma, según lo establecido en el n. 11 de la Introducción General.
HOMILIA
Momento de silencio para la reflexión personal.
PROMESA DE LOS ELEGIDOS
Después de la homilía, solamente se levantan los elegidos y se ponen de pie delante del Cardenal, quien los interroga, conjuntamente, con estas palabras:
Querido hijo: Antes de entrar en el Orden de los diáconos debes manifestar ante el pueblo tu voluntad de recibir este ministerio.
¿Quieres consagrarte al servicio de la Iglesia por la imposición de mis manos y la gracia del Espíritu Santo?
Los elegidos, todos a la vez, responden:
Sí, quiero.
El Cardenal:
¿Quieres desempeñar, con humildad y amor, el ministerio de diácono como colaborador del Orden sacerdotal y en bien del pueblo cristiano?
Los elegidos:
Sí, quiero.
El Cradenal:
¿Quieres vivir el misterio de la fe con alma limpia, como dice el Apóstol, y proclamar esta fe de palabra y obra, según el Evangelio y la tradición de la Iglesia?
Los elegidos:
Sí, quiero.
El Cardenal:
Tu, que estás dispuestos a vivir el celibato: ¿Quieres ante Dios y ante la Iglesia, como signo de su consagración a Cristo, conservar durante toda la vida el celibato por causa del Reino de los cielos y para servicio de Dios y de los hombres?
Los elegidos:
Sí, quiero.
El Cardenal:
¿Quieres imitar siempre en tu vida el ejemplo de Cristo, cuyo Cuerpo y Sangre servirás con sus propias manos?
Los elegidos:
Sí, quiero, con la gracia de Dios.
En seguida, cada uno de los elegidos se acerca al Obispo y, de rodillas ante él, pone sus manos juntas entre las manos del Obispo, a no ser que, según la Introducción General, n. 11, se hubiere establecido otra cosa.
El Cardenal interroga al elegido, diciendo, si es su Ordinario:
¿Prometes obediencia y respeto a mí y a mis sucesores?
El elegido:
Sí, prometo.
El Cardenal concluye siempre:
Que Dios mismo lleve a término esta obra buena que en ti ha comenzado.
ORACIÓN LITÁNICA
A continuación, todos se levantan.
El Santo Padre, dejando la mitra, de pie, con las manos juntas y de cara al pueblo, hace la invitación:
Oremos, hermanos, a Dios Padre todopoderoso, para que derrame bondadosamente la gracia de su bendición sobre este siervo suyo que ha llamado al Orden de los diáconos.
Entonces, los elegidos se postran en tierra y se cantan las letanías; todos responden. En los domingos y durante el Tiempo pascual, se hace estando todos de pie, y en los demás días, de rodillas, en cuyo caso el diácono dice:
Concluido el canto de las letanías, el Cardenal, de pie, y con las manos extendidas, dice:
Señor, Dios, escucha nuestras súplicas y confirma con tu gracia este ministerio que realizamos: santifica con tu bendición a estos siervos tuyos que juzgamos aptos para el servicio de los santos misterios. Por Jesucristo, nuestro Señor.
℟. Amén.
El diácono, si el caso lo requiere, dice:
Nos ponemos de pie.
Y todos se ponen de pie.
Los elegidos se levantan; se acerca cada uno al Cardenal, que está de pie delante de la sede y con mitra, y se ponen de rodillas ante él.
El Cardenal impone en silencio las manos sobre la cabeza de cada uno de los elegidos.
Estando todos los elegidos arrodillados ante el Cardenal, éste, sin mitra, con las manos extendidas, dice la Plegaria de Ordenación:
Asístenos, Dios todopoderoso, de quien procede toda gracia, que estableces los ministerios regulando sus órdenes; inmutable en ti mismo, todo lo renuevas; por Jesucristo, Hijo tuyo y Señor nuestro – palabra, sabiduría y fuerza tuya-, con providencia eterna todo lo proyectas y concedes en cada momento cuanto conviene.
A tu Iglesia, cuerpo de Cristo, enriquecida con dones celestes variados, articulada con miembros distintos y unificada con admirable estructura por la acción del Espíritu Santo, la haces crecer y dilatarse como templo nuevo y grandioso.
Como un día elegiste a los levitas para servir en el primitivo tabernáculo, así ahora has establecido tres órdenes de ministros encargados de tu servicio.
Así también, en los comienzos de la Iglesia, los apóstoles de tu Hijo, movidos por el Espíritu Santo, eligieron, como auxiliares suyos en el ministerio cotidiano, a siete varones acreditados ante el pueblo, a quienes, orando e imponiéndoles las manos, les confiaron el cuidado de los pobres, a fin de poder ellos entregarse con mayor empeño a la oración y a la predicación de la palabra.
Te suplicamos, Señor, que atiendas propicio a estos tus siervos, a quienes consagramos humildemente para el orden del diaconado y el servicio de tu altar
ENVÍA SOBRE ELLOS, SEÑOR, EL ESPÍRITU SANTO, PARA QUE, FORTALECIDOS CON TU GRACIA DE LOS SIETE DONES,DESEMPEÑEN CON FIDELIDAD EL MINISTERIO.
Que resplandezca en ellos un estilo de vida evangélica, un amor sincero, solicitud por pobres y enfermos, una autoridad discreta, una pureza sin tacha y una observancia de sus obligaciones espirituales.
Que tus mandamientos, Señor, se vean reflejados en sus costumbres, y que el ejemplo de su vida suscite la imitación del pueblo santo; que, manifestando el testimonio de su buena conciencia, perseveren firmes y constantes con Cristo, de forma que, imitando en la tierra a tu Hijo, que no vino a ser servido sino a servir, merezcan reinar con él en el cielo.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.
Todos:
℟. Amén.
ENTREGA DEL LIBRO DE LOS EVANGELIOS
Concluida la Plegaria de Ordenación, se sientan todos. El Cardenal recibe la mitra. Los ordenados se levantan, y unos diáconos u otros ministros ponen a cada uno la estola al estilo diaconal y le visten la dalmática.
Mientras tanto, puede cantarse la antífona siguiente con el Salmo 83 (84), u otro canto apropiado de idénticas característica s que concuerde con la antífona, sobre todo cuando el Salmo 83 (84) se hubiere utilizado como salmo responsorial en la liturgia de la Palabra.
Los ordenados, ya con sus vestiduras diaconales, se acercan al Cardenal y, uno por uno, se van arrodillando ante él. El Cardenal entrega a cada uno el libro de los Evangelios, diciendo:
Recibe el Evangelio de Cristo, del cual has sido constituido mensajero; esmérate en creer lo que lees, enseñar lo que crees Y vivir lo que enseñas.
El ordenado responde:
Y con tu espíritu.
Y lo mismo hacen todos o al menos algunos de los diáconos presentes.
Prosigue la Misa como de costumbre. Si lo indican las rúbricas, se dice el Símbolo de la fe. Se omite la oración universal
OFERTORIO
Inciensa las ofrendas, la cruz y el altar. Después el diácono, u otro ministro, inciensa al Cardenal, a los con-celebrantes y al pueblo.
El Cardenal:
En el momento de ofrecer el sacrificio de toda la Iglesia, oremos a Dios, Padre todopoderoso.
Todos:
El Señor reciba de tus manos este sacrificio, para alabanza y gloria de su nombre, para nuestro bien y el de toda su santa Iglesia.
ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS
Padre santo, tu Hijo quiso lavar los pies a sus discípulos para darnos ejemplo; recibe los dones que te presentamos en esta liturgia y, al ofrecernos como víctima espiritual, concédenos crecer en humildad y abnegación. Por Jesucristo, nuestro Señor.
℟ Amén.
PREFACIO